lunes, 10 de octubre de 2016

VESTIGIOS DE UN IRAPUATO ANTIGUO 


Hace cuatrocientos años, todo lo que aquí se ve, era parte de una inmensa hacienda llamada San José El Copal y de la que hoy aún existe la casa.



Muchos fueron los dueños de esta hermosa hacienda que tuvo un florecimiento allá por el siglo XVII además de ser una de las más grandes de la Comarca Guanajuatense.



Cuenta la historia de los pueblos tantas cosas del pasado, unas llenas de tragedia, otras llenas de heroísmo y otras más de nostalgia y melancolía… Y en lo que se refiere a nuestra cuidad de Irapuato, hay muchísimos lugares que con sus vestigios nos cuentan una historia diferente cada uno haciendo interesante las indagaciones que de ellos se haga.

Hace muchos años, tantos, que ya no hay gente que pueda comprobarlo, nació una de las haciendas más grandes de la entidad y se asegura que de todo el territorio de Guanajuato, la hacienda de San José El Copal, enclavada en las faldas de una loma que lleva el mismo nombre y que desde ese entonces ya era jurisdicción de la villa de Irapuato. 

Eran los año de 1588, según los documentos, el 13 de Mayo, Villamanrique, concedió una merced a favor de un señor Alonso de Santiago.

En aquellos años, el territorio era parte del reino tarasco y se cree que reinaba Tancaxhúan  a los “michuacanos”. Fue entonces que por estas tierras aparecieron los conquistadores españoles. Y no perdieron tiempo en averiguaciones, se dedicaban los más, a apropiarse de lo que se les antojaba utilizando casi siempre la fuerza. Se dice entonces que el tal Don Alonso, pidió para sí, una gran extensión de tierra, muy fértil que formaba un bellísimo valle. Le fue concedido y comenzó así la construcción de una grande hacienda, a la que desde entonces se le dio en nombre de San José El Copal.  

De ahí el nombre posiblemente porque en el dicho cerrito se haya encontrado una veta del entonces preciado mineral, ya que recuérdese que nuestros antepasados, no conocían moneda alguna y lo que para ellos tenía valor eran cosas como esta “el Copal”.  



"El copal es una resina vegetal que proviene del árbol del copal de la amazonia del Perú y México. Es uno de los inciensos más importantes usado por las milenarias culturas de América pues su uso tiene connotaciones espirituales arraigadas en la creencia popular. Se dice que el copal purifica, protege, atrae el amor y la abundancia, nos conecta al amor y a la introspección. Los Incas ofrendaban el copal al dios Sol y lo quemaban sobre bandejas de oro. Desde hace miles de años, el incienso es utilizado, no sólo por sus variados olores que impregnan de perfume duradero y tranquilidad a cualquier estancia, sino también por eliminar cualquier tipo de negatividad que haya en dicho lugar."
Luego don Alonso, le vendió la propiedad a Diego Juárez de Alejandri, el que las manejo un buen tiempo, hasta que murió y le heredo entonces a su esposa doña Juana de Acosta. Pasando el tiempo la señora viuda le vendió la gran hacienda a don José López Gutiérrez, esto fue allá por el año de 1691, ósea que desde que se construyó hasta aquí, pasaron 103 años. 




Don José durante los años que la tuvo en explotación, adquirió luego muchas tierras más y ya para 1714, fecha en que dicho señor dejó de existir, la hacienda contaba con una gran extensión, que era desde las colindancias de Arandas hasta Carrizal. 




La ahora viuda Doña Inés de Oropeza, siguió comprando más propiedades y para 1739, El Copal contaba con once y media “caballerías”, donde pastaban 39 cabezas de ganado equino, 31 de vacunos. La casa de la Hacienda era una construcción de 3 cuartos de adobe con techos de morillo y terrado y una troje de 12 varas de largo.

No pudiendo entonces doña Inés manejar la hacienda, la rento a Antonio Pérez por un tiempo de 4 años. Luego de esto le salieron a la dicha señora, dos compradores, a saber, un Clérigo de “Irapuato” don José de Villanueva el que le dio un  adelanto, pero la venta no se hizo. Luego en el 1741, si fue vendida a don Ignacio de Lanuza en la cantidad de $413 500.00 pesos de los de aquel tiempo.


       





"Y cuando el amo se iba a revisar las tierras, la patrona se quedaba un ratito aquí sentada permitiendo que el sol la acariciara."

  



La troje o galera que tenía El Copal era muy grande y en ella se guardaba toda la cosecha del año, siendo también por tanto la hacienda más rica de Irapuato. 
 






De aquí para delante fueron muchos los que la compraron y vendieron tierras, así como también hubo varias herencias, que sería pesado enumerar. Pero como dato verán que para el año de 1798, la Hacienda era tan grande que colindaba con lo que todavía hoy conocemos como Jaripitío y Lo de Juárez, con los ranchos de El Carrizal y Carrizalito, Los Rincones y La Sierra, Con las Haciendas de Lo de Carlos, la de Arandas y hasta la Garrida. Teniendo también ya un valor de $163 976.00 pesos de aquel tiempo. 




Ya el en siguiente siglo, osea 1814, la hacienda como casi toda la propiedad de gente española, sufre las consecuencias de la rebeldía indígena y criolla, así en ese tiempo es casi totalmente destruida por un ataque de los insurgentes, lo que ocasionó que sus habitantes la abandonaran y los campos quedaron sin quien los trabajara. El dueño de entonces, el Conde Pérez, tuvo que regalarle al Rey una gran cosecha de trigo por medio del comandante general de la provincia de Guanajuato, Coronel Agustín de Iturbide. El que tiempo después fue uno de los dictadores de la República México.

Un sin fin de compras y ventas se siguieron haciendo, en los años subsecuentes a la independencia de México del yugo español, se cuenta que para 1893, la dueña era ya doña Florentina Echeverría, viuda de Obregón, la que dicho año dejó de existir en la ciudad de Guadalajara disponiendo en testamento que la grandísima todavía hacienda El Copal, fuese dividida en cuatro partes, pero antes la hacienda de la Garrida, fuera separada como herencia, (pero no dice a quién). Fue asi que El Copal se repartiría entre María de la Luz Obregón de Castañeda, María Guadalupe Obregón de Chico, sus nietos Luis Vieyra, Carlos, Octaviano, Ignacio y Paula Obregón. 








El casco de la casa, tenía también su capillita, con su patrón devoto San José, donde todos los habitantes, patrones y peones se juntaban para oír la palabra de dios.










"Puerta que da al patio de las huertas, donde por las mañanas, seguramente paseaban los dueños de esta centenaria hacienda".








Dos años después, la hacienda la habitaban en el casco 762 personas, el valor entonces era de $279 649.00 pesos y 94 centavos, entre los peones acasillados debían a la tienda de raya la cantidad de 216 pesos y 23 centavos.

Esta hacienda desde su nacimiento, fue dedicada a la cría de ganado mayor y a la agricultura: en la que producía maíz, frijol, garbanzo, trigo, cebada y lenteja, todo para el consumo de los habitantes del Estado de Guanajuato.
  
Para dicho año 1895, la hacienda tenía 2514 cabezas de ganado, entre vacas, bueyes y toros. Pues hay datos también de algunas corridas de toros y festejos menores, se lidiaban reses con el nombre de “Hacienda de El Copal”. Tenía además  576 caballos, mulas y burros, 68 cerdos, 917 ovejas y 1892 cabras. 












Había también una gran noria, de donde se sacaba el agua, que luego por acueductos regaban los maizales, la cebada y los trigales.





Más de 4 siglos tubo de florecimiento esta bellísima hacienda hasta que ya en el siglo XX y la repartición de tierras, poco a poco le fueron quitando hectárea tras hectárea y solamente la dejaron reducida a lo que es el bello casco de la casona y unas millas de tierra. 



Cuantas cosas se vivieron en tantos años, cuanta gente vivió, sufrió y hasta paladeo la grandeza y hermosura de las tierras y los trigales, las milpas y las cebadas. Cuantas mañanas decembrinas, ya casi para salir el sol, se escuchaban los cascos del caballo del “amo”, que tempranito comenzaba a recorrer sus tierras, cuantas veces no se llegó hasta donde los capataces y los peones que prendían una gran lumbrada, y luego para quitarse el frio del invierno unos se fumaban un cigarro, calentaban sus tortillas sus frijoles y nopales, otros recalentaban sus tamales de chile con carne de puerco, otros más hacían un rico café, despidiendo un aroma exquisito, al que el patrón no podía resistirse y bajando de su “cuaco”, se echaba un taco a la boca y entre el humo de la lumbrada y el propio del café, volteaba la vista al infinito y veía el resplandor del sol resaltar de los trigales formando un hermoso paisaje al igual que el azul verdoso de los cerros. Y para rematar, no podía alguien dejar de arrancar unos tiernos elotes y echarlos a las brasas, que luego al estarse tostando dejaban escapar un sabrosísimo aroma que impregnaba los sentidos de “amo”, los vaqueros y los peones.




Siendo ellos testigos de todo aquello en el aire, el cielo, los sembradíos, el mugir de los animales, el canto de los gallos y de ella, “La Hacienda de San José El Copal”.